El país tomado
Todo
está bien atado y las oficialidades no perderán el control
Rodolfo
Saborío Valverde
Apareció en el diario La
Nación, el 6 de setiembre de 1996.
Igual que en el célebre relato, nuestro país
ha venido siendo tomado poco a poco, en una forma tan envolvente que, de
repente, con dificultad subsisten espacios en la vida nacional en donde las
oficialidades hayan dejado algo sin repartirse.
El caso del Banco Anglo no es más que un
eslabón en una serie interminable de prebendas y malversaciones, que, a los
largo de las últimas décadas, permitieron la consolidación de ciertos
personajes políticos, que de la noche a la mañana, aparecieron convertidos en
grandes empresarios, desde bananeros a hoteleros, pasando por toda la gama de
variantes que el monopolio del crédito y el abuso del poder político permiten.
A vista y paciencia de todos, el supuesto
Estado paternalista se convirtió en instrumento de unos pocos. A través de
múltiples mecanismos se favorecieron monopolios privados, se controlaron las
importaciones en beneficio de grupos específicos, se otorgaron incentivos
fiscales cuyo diseño hace dudar que no se conociera de antemano el portillo que
se abría a las defraudaciones, en fin, se utilizó el poder público en beneficio
de grupos particulares.
La oficialidad bicéfala no tuvo tiempo para
planificar y racionalizar la gigantesca inversión que se pudo hacer en salud,
educación e infraestructura. Hoy pagamos la improvisación y el resultado es un
aparato estatal ineficiente, al borde del colapso, en momentos en donde
difícilmente se podrá disponer de los mismos recursos para enfrentar las
necesidades actuales y futuras. Estaban nuestros políticos más ocupados
pensando en los fondos que se podrían desviar hacia el agujero negro de las
empresas públicas, con la distribución de las juntas directivas y el
consiguiente control de la adjudicación del crédito y de las contrataciones
públicas, con todas las formas de ventaja que otorga el disfrute del poder
compartido.
La única diferencia que presenta el caso del
Anglo respecto de la práctica continuada de las últimas décadas es el efecto de
choque que significa la exposición con nombres y apellidos de los políticos
favorecidos por el accso ilegítimo al crédito
bancario. Tan ilegítimo como prestar sin garantías resulta tomar el dinero
público sin bienes suficientes para responder por lo obtenido. Ho hay mayor muestra
de cinismo que afirmar ahora que la falta de garantías es un asunto que le
correspondía verificar al Banco.
La alta exposición derivada de este desliz,
la salida de control de una conducta asumida como normal, no podía prolongarse
y todo parece apuntar a que la decisión de cierre de esa caja de caudales
privada, respondió más a un acuerdo para enterrar bajo la lápida del olvido el
sinnúmero de malversaciones y tráfico de influencias detectadas, que a una
verdadera decisión institucional.
Ya hoy no existe el Banco Anglo, gracias a
una ley aprobada en tiempo récord, y para las oficialidades este asunto está
concluido, lo que no impide que hagan simulacros de investigaciones para las
galerías.
Hoy se alistan los mismos personajes de
siempre a gastar cuatro mil millones de colones de los costarricenses para
continuar con el espectáculo. Esta suma será el doble si no se materializan las
promesas de reducir a la mitad el financiamiento estatal a los partidos
políticos, otra forma velada de apropiación de bienes públicos y de
perpetuación en el poder de las oficialidades.
Todo está atado y bien atado, como solía
decir un autócrata, de modo que las oficialidades no se corren ningún riesgo de
perder el control. La actual organización electoral prácticamente veda la
aparición y fortalecimiento de una alternativa a las oficialidades y las
reformas propuestas no se plantean ni de lejos la modernización de los
mecanismos de acceso del ciudadano al poder. Siguen tomando espacio tras
espacio y dentro de muy poco no quedará lugar que se escape de su influencia.
¿Esperaremos a que esto ocurra sin hacer nada?